Nutrición

Orígenes y evolución de la dieta Occidental

Por Maelán Fontes Villalba

La dieta occidental se ha conformado en base a dos acontecimientos históricos: la revolución agrícola (ocurrida hace10.000 años) y la revolución industrial (ocurrida hace 200 años). Estos sucesos son la causa de la llegada de los cereales, lácteos, aceites vegetales refinados y azúcares refinados a la dieta que los hombres venían consumiendo desde hacía dos millones y medio de años.

Para entender la importancia de estos hechos en la dieta occidental, cabe recordar que el ser humano es el resultado de millones de años de evolución y de adaptación a un ambiente que existió durante 2,6 millones de años en el Este de África. Ese periodo se conoce como el Paleolítico o Edad de piedra.

La medicina evolutiva, desarrollada por el científico Charles Darwin en el siglo XIX, postula que todos los seres vivos se adaptan al ambiente en el que habitan y que solamente transmiten sus genes a la siguiente generación aquellos individuos que mejor se adaptan. Esto es lo que se conoce como selección natural. Durante años se ha sabido que nuestros genes cambian muy despacio (Tishkoff, 2002), y en los últimos 10.000 años, el cambio ha sido aún más lento por el desarrollo de la tecnología. Lo que lleva a que adaptemos el ambiente a nosotros y no nosotros al ambiente (Pritchard, 2010).

Los alimentos introducidos recientemente (a escala evolutiva) son los cereales, los lácteos, los aceites vegetales refinados y los azúcares refinados (Cordain, 2005).Estos alimentos suponen más del 70% de la energía que normalmente consume un ciudadano occidental. Sin embargo, esos alimentos no formaron parte de la dieta del ser humano durante su evolución(Cardan, 2005).

Cabe recordar que estos nuevos alimentos se introdujeron de un modo brusco y demasiado rápido; de ahí que nuestro antiguo genoma no se haya adaptado correctamente al cambio, y esta discordancia entre nuestros genes y el ambiente (en este caso la alimentación) haya dado lugar a las llamadas enfermedades de la civilización: enfermedades cardiovasculares (enfermedad coronaria del corazón o infartos cerebrales), síndrome metabólico (obesidad, diabetes o hipertensión),acné, síndrome de ovarios poliquísticos, miopía o ciertas enfermedades autoinmunes (Cordain, 2005; Cordain, 2003).

Prueba de la relación entre estas enfermedades y la introducción de cereales en nuestra dieta hace 10.000 años es que estas dolencias son raras, o inexistentes, en poblaciones preagriculturales(que no han adoptado la agricultura y viven como cazadores-recolectores). Éste es el caso de los habitantes de la isla de Kitava, en Papúa Nueva Guinea (Lindeberg, 2003), entre otras. En esta isla de 2.300 habitantes, estudiada por el Dr. StaffanLindeberg, en el año 1990 había ausencia de infartos de corazón, derrames cerebrales, hipertensión, obesidad, diabetes o acné, a pesar de que el 6% de la población tenía una edad comprendía entre los 60 y los 96 años (Lindeberg, 1993; Lindeberg, 2003).

Esos datos coinciden con hallazgos en otras poblaciones tradicionales de cazadores-recolectores (Bribiescas, 2003; Lindeberg, 2009). Además, un importante artículo publicado porO’Dea en 1984 demostró que en aborígenes australianos con diabetes tipo 2 se conseguía una gran mejoría en su patología al devolverlos temporalmente, durante 7 semanas, a su estilo de vida anterior, es decir, cazando y recolectando (O’Dea, 1984).

Así, la medicina evolutiva nos aporta un paradigma para poder entender cuál es la alimentación óptima para el ser humano: aquella con la que evolucionamos en el Este de África durante 2,6millones de años. Por lo tanto, ajustar nuestros antiguos genes a un ambiente (ejercicio físico, sol, alimentación, etc.) parecido al que tuvimos durante nuestra evolución puede ser un tratamiento efectivo contra las llamadas enfermedades de la civilización que prácticamente no existen en poblaciones de cazadores-recolectores.

Los últimos alimentos introducidos por la revolución agrícola, y que forman el 70% de la dieta occidental, son los cereales, los lácteos, los aceites vegetales refinados y los azúcares refinados (Cordain, 2005) y el hecho de que no nos hayamos adaptado correctamente a este cambio es lo que ha dado lugar a las llamadas enfermedades de la civilización.

Prueba de la relación entre estas nuevas enfermedades y la introducción de cereales en nuestra dieta hace 10.000 años es que estas dolencias son raras, o inexistentes, en poblaciones preagriculturales (que no han adoptado la agricultura y viven como cazadores-recolectores).

Y es que, varios son los componentes de la dieta del paleolítico que han sido alterados por la dieta occidental, entre los que destacan los siguientes:

  • Introducción de anti nutrientes: Los anti nutrientes son unas sustancias que se encuentran en cantidades significativas en los cereales y que producen diferentes efectos negativos en el metabolismo humano. Uno de ellos es el gluten, que se encuentra en el trigo, centeno y cebada, que produce una reacción inflamatoria del sistema inmune innato en personas con o sin predisposición genética a la celiaquía, como ha sido demostrado por un equipo de investigación español (Bernardo, 2007). Eso significa, que el consumo de trigo puede producir inflamación crónica en prácticamente todos los individuos, y la inflamación está relacionada con un sinfín de enfermedades (Hotamisligil,2006). Además la prevalencia de la celiaquía (reacción del sistema inmune al gluten) es mayor de lo que previamente se pensaba, incluso en poblaciones que llevan varios miles de años consumiéndolo (Catassi, 2005). Otro anti nutriente presente en los cereales son las lectinas que pueden bloquear los receptores de ciertas hormonas, generando problemas metabólicos como pérdida de la sensación de saciedad (Jönsson, 2005). Los mismos autores han publicado recientemente datos de un estudio de intervención donde se demostraba que el consumo de cereales produce una alteración en la sensación de saciedad, lo que induce a comer más, generando problemas con el peso corporal o el control del azúcar en la sangre (Jönsson, 2010).
  • Aumento del consumo de grasas omega-6 en detrimento de grasas omega-3: El uso de aceites vegetales refinados (girasol, millo o soja) produce un consumo elevado de aceites omega-6,que junto a la disminución del consumo de fuentes de grasasomega-3 animales (es la parte de los omega-3 que tienen efectos beneficiosos sobre la salud, como el EPA y DHA), da lugar a un balance de grasas que produce inflamación. Durante el paleolítico, se estima que la proporción en el consumo de grasasomega-6: omega-3 era de 2:1, siendo en la actualidad de 15:1(Simopoulos, 2008). Esto da lugar a un estado de inflamación que como mencionamos antes es, en parte, responsable de muchas enfermedades degenerativas.
  • Aumento de la carga glucémica de la dieta: La carga glucémica de la dieta es la capacidad que tiene un alimento de elevar la glucosa en sangre por ración de alimento. El aumento en el consumo de hidratos de carbono derivados de cereales produce un aumento en la carga glucémica que no se produce al consumir hidratos de carbono derivados de frutas y verduras (Brand-Miller, 2009; Cordain, 2003). El aumento de la carga glucémica de la dieta produce niveles elevados de insulina, que ha sido asociado a un número de enfermedades como acné, síndrome de ovarios poliquísticos, miopía, ciertos tipos de cáncer, obesidad o diabetes (Cordain, 2003). No obstante, la carga glucémica de la dieta por sí misma no explica los efectos negativos del consumo de hidratos de carbono derivados de cereales, ya que en la isla de Kitava (yen otras poblaciones de cazadores-recolectores como los Hadzade Tanzania-datos no publicados por Kuipers, RS) la energía derivada de los hidratos de carbono supone un 69% de la energía consumida, muy superior a las recomendaciones actuales, y sin embargo, hay ausencia sorprendente de enfermedades de la civilización (Lindeberg, 1997). Este hecho desmitifica la creencia popular de que las dietas paleolíticas son bajas en hidratos de carbono ya que pocas dietas en el mundo llegan a un 69% de consumo de la energía desde hidratos de carbono. Una dieta paleolítica no contiene hidratos de carbono derivados de cereales, lo cual no quiere decir que sea una dieta baja en hidratos de carbono. La explicación de que a pesar de consumir una dieta rica en hidratos de carbono y de carga glucémica alta, los habitantes de Kitava no tengan enfermedades asociadas a una carga glucémica alta, es que los hidratos de carbono consumidos en Kitava derivan de frutas, verduras y tubérculos, que no contienen antinutrientes como los cereales (Jönsson, 2010).

Existen otros cambios en la alimentación propia del ser humano, introducidos por la revolución agrícola e industrial, como una alteración en la composición de macronutrientes, disminución del consumo de micronutrientes, aumento de la acidosis metabólica, aumento del índice sodio/potasio y disminución en el consumo de fibra (Cordain, 2005).

Destacar que no existen estudios de intervención concluyentes donde se demuestre que el consumo de cereales mejore el riesgo de enfermedades cardiovasculares como demuestra el estudio de intervención más grande realizado hasta el momento (Howard, 2006). Este estudio aleatorio y controlado (Women’s Health Initiative Dietary Modification Trial) estudió cerca de 49,000 mujeres post-menopáusicas. Los pacientes fueron divididos en dos grupos al azar (aleatoriamente) y a uno de los grupos se le recomendó ingerir una dieta baja en grasa (<20% de la energía), mas de 6 raciones de cereales al día, mas de 5 frutas al día y rica en verduras. Al otro grupo se le dieron recomendaciones generales. Al cabo de 8 años, no solo no se produjeron cambios positivos en las mujeres que fueron recomendadas a consumir la dieta de estudio, sino que en las mujeres que al iniciar el estudio habían sido diagnosticadas de enfermedad cardiovascular, aumentó el riesgo de empeorar de la enfermedad. En otro estudio de intervención en 2033 pacientes que habían sufrido infarto de miocardio fueron divididos en grupos donde se les recomendaban diferentes dietas. En los pacientes que se les recomendó una dieta rica en fibra de cereales integrales hubo menor número de supervivientes al cabo de 2 años (mayor mortalidad por un segundo infarto), sin embargo el grupo que consumió más pescado tenía un porcentaje de sobrevivencia mayor (menor mortalidad por segundo infarto) (Burr, 1989). Por otro lado, nuestro equipo de investigación ha demostrado, en dos estudios de intervención que al comparar una dieta sin cereales ni lácteos con una dieta con cereales y lácteos, al cabo de 3 meses se observó una mejoría en el control de glucosa y marcadores relacionados con enfermedades cardiovasculares (Lindeberg,2007: Jönsson, 2009). Un tercer estudio de intervención está en marcha en Suecia del cual tendremos resultados en breve.

Conclusión

La medicina evolutiva nos aporta un paradigma para poder entender cuál es la alimentación óptima para el ser humano: aquella con la que evolucionamos en el este de África durante 2,6 millones de años. Por lo tanto, ajustando nuestros antiguos genes a un ambiente (ejercicio físico, sol, alimentación, etc.) parecido al que tuvimos durante nuestra evolución puede ser un tratamiento efectivo contra las llamadas enfermedades de la civilización que prácticamente no existen en poblaciones de cazadores-recolectores.

Maelán Fontes Villalba

Centro de Investigación en Salud en Atención Primaria

Facultad de Medicina. Universidad de Lund. Suecia.

Referencias

  • Cordain L. Implications of Plio-Pleistocene Hominin Diets for Modern Humans. In: Ungar, P, editor. Evolution of the Human Diet: The Known, the Unknown, and the Unknowable. New York: Oxford University Press; 2007: 363-83.
  • Pritchard JK. How we are evolving. Sci Am. 2010 Oct;303(4):40-7.
  • Lindeberg. Food And Western Disease: Health and Nutrition from an Evolutionary Perspective. Wiley-Blackwell; 2010.
  • Bribiescas RG, Hickey MS. Population variation and differences in serum leptin independent of adiposity: a comparison of Ache Amerindian men of Paraguay and lean American male distance runners. Nutr Metab (Lond). 2006 Aug 30;3:34.
  • O’Dea K. Marked improvement in carbohydrate and lipid metabolism in diabetic Australian aborigines after temporary reversion to traditional lifestyle. Diabetes. 1984 Jun;33(6):596-603.
  • Lindeberg, S, Lundh, B. Apparent absence of stroke and ischaemic heart disease in a traditional Melanesian island: a clinical study in Kitava. J. Intern. Med. 1993 vol. 233 (3) pp. 269-75.
  • Lindeberg, S. Stroke in Papua New Guinea. Lancet Neurol. 2003 vol. 2 (5) pp. 273; discussion 273.
  • Tishkoff, Sarah A, Williams, Scott M. Genetic analysis of African populations: human evolution and complex disease. Nat Rev Genet. 2002 vol. 3 (8) pp. 611-21.

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